Radiohead en México: 3 de octubre, Palacio de los Deportes

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Vicente Jáuregui @VicentJauregui
Fotos: Chino Lemus Oct 05, 2016

Por: Vicente Jáuregui.

La relación entre México y Radiohead, resulta enigmática hasta para los fans más acérrimos de la banda. En 1994, luego del éxito mediático de “Creep” en todo el mundo, la banda incluyó México como parte de su gira promocional, que acá fue financiada por La Iguana Internacional y EMI Music. En ese entonces, el tema ya se perfilaba como el himno generacional que competía con “Smells Like Teen Spirit” de Nirvana, quienes también aludían a los Pixies como una influencia en el uso de dinámicas radicales, letras con proclividad al absurdo existencial, y como el quinteto de Oxford, un desdén hacia los “villamelones” que sólo asistían a los show para escuchar "una" canción. Hartos de la categoría de “one hot wonders”, el futuro de Radiohead parecía incierto en ese entonces. Quienes estuvieron cerca de ellos en México, narran que el grupo se encontraba en una crisis interna y que las tensiones entre los músicos eran notorias (en Pachuca ignoraban sobre su vegetarianismo y les ofrecieron pozole).

 

Por fortuna, la banda no tiró la toalla y supo reinventarse con The Bends, hacia un terreno más artsy. En cada disco, su inventiva fue creciendo hasta consolidar la estética del nuevo milenio con la llegada del Kid A, en octubre del 2000. Durante todo ese tiempo, México representaba ya un gran mercado en el rubro de conciertos, los fans de Radiohead eran incondicionales y podrían llenar cualquier recinto de la ciudad de México. Pero el grupo mantenía sus reservas para regresar.

 

Tuvieron que pasar 15 años, para que la banda decidiera a tocar de nuevo en el país. Existen diversas teorías sobre ese anacronismo, la más plausible, quizá obedezca a una suerte de superchería del grupo, que asociaba a México con el recuerdo de la desintegración del grupo, el estrés y a varias irregularidades en la organización de las fechas que ofrecieron acá, en Pachuca y Ojo de Agua. Como sea, el efecto del desfase arrojó dividendos millonarios y una feligresía que difícilmente experimenta la banda en algún otro país. “El mejor concierto de la década” fue el titular que podía leerse al siguiente día de su triunfal regreso como parte de la gira promocional de In Rainbows en 2009.

 

Tres años después, otras dos fechas en el Foro Sol fueron abarrotadas por fans que aún no se ponían de acuerdo sobre la posible evolución sonora que implicaba el King of Limbs: las presentaciones en vivo ayudaron a alcanzar un veredicto positivo. Herederos de la deconstrucción, Radiohead ofrece una lectura musical heredera del posmodernismo, una necesidad por no repetirse que reverencia a Lyotard y Derrida en cada nuevo álbum de estudio. Desde luego, A Moon Shaped Pool no sería la excepción en una discografía labrada desde la autocomplacencia. Para quienes sobre analizamos el disco, la exigencia era constatar que la banda tradujera temas oníricos como “Day Dreaming” o las orquestaciones de Greenwood a la Olivier Messiaen de “Burn The Witch”. Desafortunadamente, el Palacio de los Deportes siempre ha estado enemistado con las sutilezas musicales y fue complicado apreciar cada eslabón sonoro de temas que requieren  una acústica impecable. Aún así, la capacidad histriónica de la banda rebasa los detalles técnicos. Los primeros cuatro temas del disco que da nombre a esta gira, fueron reverenciados por un público que involuntaria e irónicamente reflejaba la pregunta: "¿no hubiera sido mejor un Foro Sol en lugar de dos Palacios?".

 

Pero la llegada de "My Iron Lung" –esa joya del The Bends que fue escrita como una critíca a la senasión de asfixía que Thom Yorke sentía por el éxito de "Creep"–, desvaneció incertidumbres: entre argegios con Whammy + resignificaciones de la guitarra de Hendrix, fue todo una sorpresa. El bajo hyper fuzz de "The National Anthem" nos recordó que Yorke escribía riffs siniestros desde la pubertad, edad en que compuso este tema. "All I Need" resultó un antídoto para quienes buscába(mos) alivianar un corazón roto. La llegada del piano al centro del escenario anticipaba la llegada de "Pyramid Song", con sus acordes lúgubres y una letra inspirada en una exposición de arte egipcio que detonó en Thom la imagen de un "río de la muerte". La sofisticación de "Bloom" y "Separator" pusieron el beat para bailar como poseídos por abstracciones. Para balancear la cascada de sintes y frecuencias bajas, el ensamble acústico de "The Numbers" aterrizó con lo más próximo a un espíritu campirano que Radiohead puede entregar: sin ser una mala canción, el 99% de los asistentes hubiéramos preferido "Karma Police" o "There There".

"Bodysnatchers" recuperó la intensidad con las tres guitarras trepidantes que todo el Palacio aplaudió sin reservas. De vuelta al King of Limbs con "Feral", la hiperactividad de las dos baterías pusieron el argumento más sólido para quienes atacan a Radiohead de ser una banda narcoléptica. El encuentro celestial llegó con "Nude", ese tema que Yorke no quiso grabar cuando fue compuesto en 1998, por considerarlo "muy femenino". Ahora, es uno de los puntos más álgido de sus show: "Don't get any big ideas, They are not gonna happen, Now that you have found it, It's gone, now that you feel it, You don't, you have gone off rails" declara Thom con falsete en este tema que sublima el nihilismo, con una balada que muchos aún piensa es un tema de amor. "Everything in its Ritgh Place" e "Idioteque" cerraron la primera parte del show, con un público que se deshacía por retribuir a la banda.

 

En el primer encore, la melancolía de "Let Down" hizo la noche para los nostálgicos de vanguardia. Para conectar con esa sensación de soledad, los arpegios de "Present Tense" lubricaron los párpados de varios asistentes. El elegante ride de Phil Selway marcaba la llegada de "Reckoner", otro tema que captura esa sensación de vacío tan aludida en las composiciones de la banda. "Planex Telex" rompió el unísono de la introspección con su armonía atípica, que salta de acordes mayores a menores, al margen de límites academicistas. La gloria de "Weird Fishes / Arpegios", animó la imaginación acuática de más de alguno. La banda se despide por segunda ocasión, pero la contundencia de los aplausos anticipaba el regreso. En el segundo encore, el tenue rasgueo de "Fake Plastic Trees" derrumbó el Palacio, que cantó en una sola voz con más fuerza que el sistema de PA, una canción que la banda no tocaba desde hace 6 años.

 

¿El cierre? Desde luego, "Creep", esa canción que hace 22 años, la banda odiaba tanto, que Thom recriminaba al público mexicano la razón de su petición univoca "¿Por qué les gusta esa canción, si habla sobre perdedores?" cuestionaba a los menos de mil asistentes de Ojo de Agua, que fueron testigos del mítico concierto. Quién iba a decir que ese público –y las generaciones venideras–, entendería, crecería y sería cómplice de la evolución sonora de una de las bandas más emocionantes del planeta, un grupo que a pesar de su aparente solemnidad, ha declarado que su música está llena de humor. Al menos, acá en México, saben que pueden reirse de sí mismos cada que regresan para tocar "Creep", desde la paradoja de saberse autores de un legado universal.

 

 

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